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Es oficial: la ley firmada por Newsom que fortalece programas de intercambio entre California y México

Gavin Newsom, gobernador de California, promulgó una serie de medidas legislativas el domingo 20 de septiembre. Entre ellas, la AB 1093, que fortalece programas de intercambio con México. La disposición introduce una iniciativa más extendida y exige la creación de metas institucionales, actividades de difusión y estrategias de comunicación compartidas entre los distintos campus.
AB 1093: cómo funcionará el intercambio universitario entre California y México
La Oficina del Gobernador publicó el domingo un comunicado en el que informó sobre la firma de decenas de leyes. Entre las medidas incluidas, la AB 1093 apunta a fortalecer la colaboración académica entre California y México a través de un programa de intercambio estudiantil más robusto.

A partir del año académico 2027–28, la ley exige a la Universidad Estatal de California (CSU) y solicita a la Universidad de California (UC) adoptar un plan para incrementar la participación de estudiantes en programas de intercambio con universidades públicas de México.
La Legislatura destacó que la región California-México abarca a 170 millones de residentes y representa la quinta y duodécima economías más grandes del mundo. Sin embargo, según los autores de la ley, esta área cuenta con muy pocas políticas o planes a largo plazo para mantener su productividad.
El proyecto de ley fue patrocinado por el asambleísta José Luis Solache, demócrata por Lynwood, quien tiene raíces latinas y es hijo de padres mexicanos que inmigraron a EE.UU. desde León, Guanajuato.
AB 1093 en California: qué deberá hacer la CSU desde 2027-28
Para contribuir con la productividad del estado y alcanzar las metas fijadas por la nueva disposición, la administración de la CSU deberá adoptar un plan que incluya:
- Diagnóstico de alianzas existentes.
- Metas para ampliar convenios.
- Actividades de difusión y apoyo a estudiantes.
- Mecanismos para compartir recursos y mejores prácticas entre planteles.

Una versión anterior del proyecto contemplaba un plan para que hasta 400 estudiantes asistan a universidades mexicanas y 400 estudiantes mexicanos asistan a universidades de California. No obstante, el texto enviado a la oficina del gobernador no contiene estas metas específicas.
Asimismo, la versión final señala que las disposiciones introducidas por la AB 1093 solo serán operativas una vez que la Legislatura asigne los fondos necesarios para su financiamiento.
AB 1307 en California: licencias de tres años para 30 dentistas de México
Además de la ley sobre los programas de intercambio estudiantil, el gobernador Newsom firmó otras medidas que impactan en los migrantes. Una de las leyes más importantes es la AB 1307; establece un programa para 30 dentistas participantes de México, a quienes la Junta Dental otorgará licencias no renovables de tres años si cumplen los requisitos.
Los profesionales seleccionados prestarán servicios de atención bucodental en centros de salud calificados a nivel federal dentro del territorio estatal.
Para participar, los aspirantes deben haber egresado de un programa de odontología acreditado por el Consejo Nacional de Educación Odontológica o por los Comités Interinstitucionales para la Evaluación de la Educación Superior de México.
Además, la Asociación Dental Mexicana debe certificar la competencia del candidato mediante un examen escrito sobre seis áreas clínicas obligatorias.
Entre estas materias de evaluación figuran el diagnóstico bucal, la periodoncia, las restauraciones directas e indirectas, la endodoncia y la prótesis removible.
La ley también exige, entre otras condiciones, contar con una licencia profesional mexicana, obtener determinado resultado en los exámenes de inglés TOEFL u OET, participar de un programa de orientación y, antes de ejercer, completar un curso de control de infecciones y aprobar examen de leyes y ética dental de California.
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Cuando la salud se vuelve una obsesión: cómo darse cuenta que la sufrís y cuánto pesa la hipervigilancia de los biomarcadores

El diccionario médico de la Universidad de Navarra define a la hipervigilancia como un estado de alerta desproporcionado en el que la persona explora sin descanso el entorno en busca de amenazas, aun cuando no exista un peligro real. Es una manifestación que aparece en distintos cuadros psicológicos y que combina una sensibilidad sensorial aumentada con conductas de rastreo exageradas. Distinguirla de la atención ordinaria ayuda a precisar el concepto. La atención selectiva permite elegir en qué fijarse y descartar lo irrelevante.
En la hipervigilancia, ese filtro se inclina hacia el peligro: cualquier cambio capta el foco y se interpreta como posible señal de riesgo. Junto a la llegada de los relojes y anillos inteligentes, asoma un nuevo escenario: la hipervigilancia de los biomarcadores.
El caso de los anillos inteligentes ayuda a dimensionar el crecimiento en la adopción de estas tecnologías. El Oura Ring, el líder indiscutido del segmento que concentra casi el 75% del mercado, superó los 5,5 millones de anillos vendidos globalmente, según los estudios de mercado publicados en Business Wire. Le tomó a la compañía once años (desde su fundación en 2013 hasta mediados de 2024) vender sus primeros 2,5 millones de unidades. Sin embargo, vendió más de 2,5 millones de anillos en solo 15 meses (entre mediados de 2024 y finales de 2025), superando los 1000 millones de dólares en ventas, con una tasa de crecimiento anual superior al 22%. El crecimiento de la demanda es indudable. Sin embargo, ¿monitorear nuestros biomarcadores compulsivamente es sinónimo de salud? ¿Por qué puede generar estrés?
El médico que corre por el mundo sin zapatillas desde los 60 años
“El sistema nervioso autónomo, simpático y parasimpático, evoluciona a una velocidad menor que la tecnología. Las respuestas de huida que se generan al ver algo que no entendemos o que percibimos como negativo son similares a las que se generaban cuando estamos cerca de algún animal que potencialmente podría dañarnos en la antigüedad”, explica Eduardo Isern, cardiólogo. “En esa respuesta se liberan adrenalina, noradrenalina, cortisol y glucosa. También aumentan la frecuencia cardíaca, respiratoria, la tensión arterial y la circulación de sangre en músculos”, explica el médico.
“Es así que estas reacciones en personas con alguna dolencia o factor de riesgo hacen que los controles frecuentes sin un adecuado tratamiento del problema sean contraproducentes y generen una sensación de angustia continua por la falta de resolución del problema y, en algunos casos, un agravamiento del mismo a causa de esta reacción del sistema nervioso simpático luego de cada medición. Es muy importante saber diferenciar la recolección de datos, de la resolución del problema, que puede demorar semanas o hasta meses”, advierte el cardiólogo.

“La herramienta más importante que nos han dado los relojes inteligentes es la medición de la frecuencia cardíaca y las variaciones del ritmo cardíaco. Tenemos relojes con la capacidad de realizar un electrocardiograma (una sola derivación) que son de mucha utilidad en la detección y tratamiento de arritmias cardíacas. La medición de la tensión arterial también es importante en este tipo de relojes, aunque son pocos los que tienen esta función incorporada”, observa Isern.
Por otro lado, considera que menos importante y con más grado de error es la medición de la saturación de oxígeno. Y lo más ruidoso de estos equipos (y subjetivo) es la medición del sueño REM, del nivel de estrés o el consumo de calorías diarias. “Son datos que involucran mediciones muy específicas, como una polisomnografía en el primer caso, o múltiples mediciones para lograr exactitud en el caso del consumo de calorías, como la masa muscular del paciente y el consumo de calorías basal, la temperatura exterior, el gasto en la digestión de alimentos, además de la actividad física, que es lo único que un dispositivo detecta a través del movimiento y la frecuencia cardíaca”, distingue Isern.
El camino del medio
“El monitoreo constante puede ser muy útil, pero depende de qué estamos midiendo y, sobre todo, de la personalidad del paciente”, advierte la médica Rosana Cafardo. “Por ejemplo, en una persona con diabetes, un sensor continuo de glucosa permite ver casi inmediatamente cómo impactan determinadas comidas. A veces, el solo hecho de poder observar qué ocurre con la glucemia después de una ingesta ayuda al paciente a modificar la cantidad o el tipo de hidratos de carbono que consume. Algo parecido ocurre con los contadores de pasos de los teléfonos, relojes o pulseras inteligentes. Cuando alguien se propone una meta diaria, poder verla y seguirla suele funcionar como un estímulo para moverse más”, asegura la doctora.
“La tecnología también puede aportar información médica inesperadamente importante. Un colega en España, por ejemplo, estaba haciendo una clase de gimnasia cuando su reloj inteligente detectó una alteración del ritmo cardíaco y le dio una alerta. Consultó, terminó internado en una unidad coronaria y finalmente requirió un marcapasos. Pero la misma tecnología que en algunos pacientes ayuda, en otros puede jugar en contra”, advierte la especialista.
Pone como ejemplo el sueño: personas que empiezan a controlar obsesivamente cuántas horas durmieron o cuánto sueño profundo tuvieron y se angustian si el reloj no muestra las ocho horas que esperaban. “En ese momento, una herramienta creada para cuidar la salud empieza paradójicamente a generar ansiedad. Por eso creo que la justa medida está en ese difícil camino del medio: usar la tecnología, aprovechar la información que nos brinda, pero no depender de ella”, observa Cafardo.
La profesional comenta que, desde la medicina clínica, las mediciones que realmente les aportan información son aquellas que tienen un objetivo concreto y que pueden modificar una conducta médica. Por ejemplo, los controles de presión arterial, de glucemia en pacientes con diabetes o los análisis de laboratorio en personas con enfermedades como anemia o hipotiroidismo. También miden vitaminas o determinados nutrientes cuando existe una razón para sospechar un déficit.
“Las redes sociales también generan mucha información –y muchas veces sobreinformación– acerca de supuestos déficits, dando la sensación de que permanentemente nos está faltando algo. En una persona sana, con una alimentación variada y sin factores de riesgo específicos, muchas de esas mediciones no son necesarias”, argumenta Cafardo.
Según su punto de vista, contar con métricas concretas puede ser útil, especialmente en pacientes muy controladores, porque les permite tener objetivos y mejorar determinados hábitos. “Sin embargo, la salud también depende de cierta paz en la cabeza. Cuando medir deja de ser una herramienta y se transforma en una obsesión, terminamos siendo presos de esas mediciones”, advierte la médica.

La paradoja del control
“La incertidumbre es algo que nos genera malestar a todos. Ser conscientes del poco control real que tenemos sobre el devenir de las cosas suele ser bastante angustiante para la mayoría de las personas. Tener herramientas que nos den más información alimenta esta ilusión de control, dando cierto alivio momentáneo. Pero termina por generar un círculo vicioso donde cada vez necesito más información, justamente porque la certeza absoluta es imposible. Por lo tanto, es necesario que podamos desarrollar cierta tolerancia a la incertidumbre porque es inherente a la existencia”, asegura Camila Steigmeier, psicóloga especializada en trastorno obsesivo compulsivo.
¿Cómo el acto de verificar constantemente la frecuencia cardíaca o la glucosa termina activando el sistema de amenaza y generando la misma ansiedad que se intenta calmar? “Por un lado –explica Steigmeier– el hiperfoco atencional en el cuerpo o las sensaciones corporales muchas veces puede llevar a una interpretación catastrófica de esas mismas sensaciones, activando el sistema de amenaza, como muchas veces pasa en el trastorno de pánico”, expone la psicóloga. Por otro lado, personas con rasgos obsesivos o perfeccionistas, según la psicóloga, también pueden terminar sintiéndose más ansiosas ante la posibilidad de que las mediciones de las funciones corporales no den exactamente como esperan, muchas veces con expectativas poco realistas o no basadas en indicaciones médicas.
“En general, las personas vivimos aceptando cierto grado de incertidumbre, suponemos que estamos bien, sanos, hasta que se demuestre lo contrario, que aparezca un síntoma o que en un chequeo médico nos den una mala noticia. Pero en personas con un sesgo de sobreestimación del riesgo, pareciera ser al revés: no pueden quedarse tranquilos hasta confirmar con certeza que todo está bien. En estos casos, este tipo de aplicaciones puede terminar resultando un problema”, asegura la psicóloga, coordinadora del Área Académica de TOC Argentina.
El psiquiatra Maximiliano Napoli coincide: “El ser humano necesita certidumbre y rechaza la incertidumbre, pero tenemos que entender que no podemos controlar todo”. Si bien al profesional no le parece mala la autoevaluación, considera que el problema es cuando se empieza a evaluar cada paso que damos o si el sueño fue malo o bueno según lo que dijo el reloj. “Se pierde lo vivido y todo lo escribe la tecnología”, añade.
Bucle de refuerzo
Parte de las consecuencias inesperadas de esta relación con la tecnología es que puede comenzar a operar el bucle de refuerzo compulsivo; entonces, el “dar bien” en la métrica funciona como una recompensa que retroalimenta la necesidad de seguir midiendo. “Funciona más parecido a una adicción comportamental”, suma Steigmeier. “La persona comienza a chequear la métrica en búsqueda de una sensación placentera de ‘dar bien’, alimentando la incertidumbre de que podría no estar saludable, y después termina repitiendo de manera compulsiva la medición para aliviar el malestar provocado por la misma incertidumbre de que podría llegar a estar mal”, argumenta Steigmeier, quien lidera la formación especializada en TOC en instituciones nacionales e internacionales.
¿Qué pasa psicológicamente cuando el dispositivo arroja una “mala métrica” (por ejemplo, “sueño deficiente”) aunque la persona se haya despertado sintiéndose con energía? “Podría funcionar como una profecía autocumplida. A medida que más nos apoyamos en dispositivos para medir nuestro propio cuerpo, vamos perdiendo confianza en nuestra propia percepción”, advierte Steigmeier. Agrega: “Es indiscutible que contar con más herramientas para el cuidado de la salud es beneficioso, sobre todo para la prevención de enfermedades. Pero parte de relacionarnos con la tecnología tiene que incluir reflexionar sobre el modo en el que lo hacemos. La herramienta debería estar al servicio de la persona y no a la inversa”.
“Los hábitos saludables se construyen con la repetición de pequeñas conductas”, asegura Rosana Cafardo. “Necesitamos la luz del sol, escuchar el sonido de los pájaros, mirar el mar, leer un libro o emocionarnos con una canción. Creo que ahí está el equilibrio. La tecnología puede acompañarnos, pero no debería alejarnos de aquello que nos hace humanos”, distingue la médica, desde su consultorio especializado en obesidad.
“La tecnología puede ser una herramienta extraordinaria para cuidar nuestra salud, prevenir enfermedades y ayudarnos a mejorar nuestros hábitos. No necesitamos que un reloj nos diga todas las mañanas si descansamos bien: podemos aprender a escuchar nuestro cuerpo y reconocer cómo nos sentimos”, reflexiona.
Si bien un número puede orientar, considera que no debería definir nuestro bienestar ni reemplazar el sentido común, el autoconocimiento ni, mucho menos, el vínculo con los demás. “Necesitamos conectarnos entre nosotros, mirarnos, conversar, escuchar nuestro cuerpo y también aprender a confiar en lo que sentimos”, concluye Cafardo.

Señales de alerta
Según Camila Steigmeier
- Comienza como una herramienta para sumar bienestar y termina por gobernar toda o gran parte de la conducta.
- Genera altos niveles de malestar si no se cumple con lo establecido.
- Es una fuente de tensión.
- Comienza a condicionar excesivamente nuestra conducta.
- Se vuelve obligatorio y rígido.
Pautas de relación saludable con las tecnologías de salud
- Intentar utilizarlos como una herramienta más para el registro y control de nuestra salud.
- Evitar que se convierta en lo que determine todo en nuestra conducta.
- Seguir las recomendaciones del médico de cabecera de acuerdo a las condiciones físicas particulares y evitar seguir estándares propuestos a través de redes sociales.
- Poder distinguir cuándo se consulta la medición porque efectivamente no se tiene esa información y se necesita para algo (por ejemplo, medir la presión arterial por indicación médica), de aquellas veces que se hace solo porque a uno lo asalta la incertidumbre.
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Carlos Alonso: todo lo que una fotografía dice sobre la pintura

Con el aviso vía whatsapp de la muerte de Carlos Alonso vinieron, de inmediato, una frase suya y una imagen que no le es enteramente propia como los dibujos y las pinturas que lo sobrevivirán de aquí en más. La frase tenía que ver con un empecinamiento, con una defensa del arte que en sus ojos y en sus manos había contribuido a recrear a los old masters (Rembrandt, Velázquez) pero también a afirmar una forma muy argentina de hacerlo.
Palabras más palabras menos, Alonso, oscurecido por la caída del sol de una tarde de 2004, había dicho que la pintura era irreemplazable porque apuntaba a un lugar muy preciso, único, de la mente. Un lugar que él, no era neurólogo, no podía determinar pero que sabía que estaba, que era concreto y que la mantenía firme contra viento y marea; firme frente a todas las otras formas de producir imagen desde el daguerrotipo a la entonces novedosa, incipiente, digitalidad. Alonso se había corrido del guion, tres carillas manuscritas repasando su relación con Antonio Berni, para volver a dar la batalla por la pintura (cuando se sabía un poco marginado por el canon contemporáneo) y para hablar, en un tono débil, quebradizo, sobre Paloma, su hija desaparecida en 1977. Por obra del fotógrafo ruso-argentino Anatole Saderman es que Carlos y Paloma están juntos en una fotografía de 1960. Y esa es la imagen que vino con la frase apenas se activó la alarma sobre su muerte.
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Tendría que parafrasear al maestro de la melena canosa y decir que la fotografía analógica es tan irreemplazable como la pintura y por las mismas razones. Hace target en un lugar único de la mente y eso es lo que activó la memoria de esa imagen para conectar con el final de la vida de Carlos Alonso antes que cualquiera de sus pinturas. Acaso porque a la genialidad de Saderman, la historia que sobrevendría a la foto le da a los modelos captados en una escena de insondable ternura (todo lo que no es posible explicar acerca del amor entre un padre y su hija) espesor de coautores.
Pensar en esta fotografía en el exacto momento de la noticia puede parecer irrespetuoso con el enorme legado pictórico de Alonso, pero no, es parte de su influencia en la cultura visual y es signo, índice, del mendocino como artista del trauma argentino en el mismo nivel que León Ferrari. Artistas que sobrevivieron a sus hijos desaparecidos, longevos y al mismo tiempo desafiando al tiempo con su melenazgo.
Se hacía necesario volver sobre esta foto de la que esta misma columna se había ocupado en 2019 cuando fue exhibida en Malba. Parte de la producción de Saderman que ingresó a la colección de Bellas Artes en 2014 por la fuerza arrolladora de Sara Facio que forzó los límites institucionales de la fotografía. Una vez más, entonces, “Carlos Alonso y Paloma (fotografía sobre papel, 45,5 x 34 cm)”, ahora para advertir algo más. En el juego de sombras que Saderman propone como un mago, es Paloma la que se recorta como una silueta (el “siluetazo” antes del “siluetazo”) oscura mientras que si se mira con detenimiento al joven Alonso se le alcanzan a distinguir algunos rasgos a contraluz. Como si lo hubieran sabido todo en ese mismo instante. Primero se iría la hija, después el fotógrafo y, al fin, el pintor. Fundido a negro ahora.
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Los chats de un profesor de francés que confesó cómo quemó a su padre en su departamento de Recoleta

Hacía pocas horas que había llegado a Río de Janeiro, en Brasil, cuando Lucas Grinstein, un profesor de francés de 38 años, comenzó a chatear con su madre. “¿Murió Daniel en el Pirovano?”, preguntó él. La respuesta fue corta, pero contundente: “Grave”. Los mensajes de WhatsApp continuaron. Y después de decirle a su hijo que “ahora” no iba a poder volver a la Argentina, la mujer inquirió: “¿Con qué lo quemaste a papá?”. Él confesó: “Aceite y sal hervía [sic]”.
Daniel era Daniel Grinstein, el padre de Lucas. Para el momento donde madre e hijo chateaban, estaba internado en grave estado en el Hospital Rivadavia, donde había llegado en horas de la madrugada del 20 de junio del año pasado con quemaduras de tercer grado en el 80 por ciento de su cuerpo.
Finalmente, falleció el 14 de julio de 2025 en el Sanatorio Agote, donde había sido trasladado con riesgo de vida. Sufrió un shock séptico y una falla multiorgánica.
La muerte de Grinstein, que tenía 76 años, se investiga como un crimen y el acusado es su hijo Lucas. El sospechoso está imputado de homicidio agravado por el vínculo y fue extraditado a la Argentina por detectives del Departamento Interpol de la Policía Federal Argentina (PFA) desde Brasil el 11 de este mes.
El expediente se tramita ante el Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional N° 17, a cargo de la jueza jueza María Gloria Capanegra. Interviene el fiscal Marcelo Solimine. Grinstein es defendido por el abogado Roque Mazziotti Irigoyen y la querella [las dos hermanas del imputado e hijas de la víctima] está a cargo de los letrados Vadim Mischanchuk y Martín Etchart.
El sospechoso está alojado en una alcaidía de la Policía de la Ciudad situada en el barrio de San Telmo. Todavía no fue indagado. El lunes 5 de octubre próximo será sometido a un peritaje, a cargo de profesionales del Cuerpo Médico Forense (CMF), donde se deberá determinar “si comprendió la criminalidad del acto el 20 de junio de 2025 [cuando su padre fue quemado]” y “si en la actualidad está en condiciones de enfrentar el proceso”, según informaron a LA NACION fuentes con acceso al expediente.
“Tenía [Daniel Grinstein] la ropa mojada con un líquido, aparentemente ácido, que corroía los guantes de látex e irritaba los ojos del personal médico”, recordó un facultativo que declaró ante el personal de la Policía de la Ciudad que llegó al Hospital Rivadavia después de una llamada al número de emergencias 911.

“Tuve problemas en casa”, había dicho la víctima cuando ingresó en el Hospital Rivadavia. “Había llegado caminando por sus propios medios”, recordó el citado médico que habló con el personal policial.
En un primer momento la investigación se tramitó en el Fuero Penal, Contravencional y de Faltas porteño, donde se determinó que la víctima, entre las 0.14 y las 2.26 del 20 de junio de 2025, fue al departamento donde vivía su hijo, situado en un edificio de Austria al 1900, en Recoleta, donde Lucas Grinstein “arrojó un líquido aún no especificado sobre la cabeza de su padre, lo que le provocó un cuadro compatible con shock séptico debido a quemaduras de tipo AB y B en cara, cuello, cuero cabelludo, tórax, abdomen, miembros superiores y muslos, totalizando un aproximado del 75% de la superficie corporal”.
Según se desprende expediente judicial, después de un allanamiento hecho en el departamento donde vivía el acusado, se pudo determinar que “en el lugar se hallaba un sillón verde oscuro con daños similares a los producidos por algún tipo de ‘foco ígneo’, a la vez que se procedió al secuestro de cuatro botellas de plástico que contenían un líquido similar al alcohol etílico, entre otros elementos”.
Los resultados de los peritajes hechos sobre el sillón hallado en el departamento del imputado determinaron que había restos de aceite.

A poco de comenzar la investigación, cuando la causa todavía se tramitaba en el fuero penal, contravencional y de faltas, se dejó constancia en el expediente de que la madre del imputado dijo que su hijo podría haber tenido “una conducta negligente mientras cocinaba”. También se hizo referencia a que había sido diagnosticado con psicosis paranoide y esquizofrenia y que había estado internado en dos oportunidades, en 2015 y 2021.
En el expediente se incorporó una filmación de las cámaras de seguridad del edificio donde vivía el sospechoso. Se trata de una grabación registrada en horas de la madrugada del 20 de junio de 2025, cuando la víctima ya está internada en el Hospital Rivadavia.
En la secuencia, el imputado tiene una conversación con personal de la empresa que se encarga de la seguridad del edificio y que cumplía funciones de forma remota.
Parte de charla fue la siguiente:
- Interlocutor: “Muy bien. Gracias, Señor. Que descanse”.
- Lucas Grinstein: “Sí. No puedo justo. Bueno...”.
- Interlocutor: “... no puede dormir”.
- Lucas Grinstein: “No, mi papá se lastimó, así que estoy preocupado por eso. Se resbaló, se cayó y se lastimó en mi departamento. Yo salí con él y le dije que lo acompañaba al hospital, pero me dijo que no, que fuera solo, que yo me quedara a dormir. Me quedé acá, pero preocupado por él”.
- Interlocutor: “Pero ahora fue para el hospital, ¿no? ¿Me puede decir su nombre y departamento, por favor?. Es para dejar un registro en la charla y estar al tanto de todo lo que sucede acá”.
- Lucas Grinstein: “Le dije: ‘¿Por qué no vas a Swiss Medical?’ Y me dice: ‘Prefiero ir al Rivadavia’. Teniendo Swiss Medical, que creo que es mejor, quiso ir al Rivadavia”.
- Interlocutor: “Claro, claro. Está un poco preocupado. ¿Me puede repetir nuevamente su nombre, por favor?”.
- Lucas Grinstein: “Lucas”.
- Interlocutor: “Okay. ¿Cómo se llama su padre?”.
Lucas Grinstein: “Daniel”.
- Interlocutor: “Simplemente para un registro. Quédese tranquilo. En caso de que necesite algo, se acerca y nos avisa. ¿Usted cree que es necesario que le demos aviso al móvil policial?”.
- Lucas Grinstein: “¿El móvil policial? Si fue un accidente doméstico y él está en el Rivadavia, ¿por qué tiene que ver la policía?”.
- Interlocutor: “Por si está preocupado por si le pasó algo en el camino o algo por el estilo. Es cuestión de esperar un poco”.
- Lucas Grinstein “No hace falta policía porque si no lo puedo contactar yo, los médicos contactan a mi madre y hablo con ella”.
Los investigadores del homicidio pudieron determinar que el mismo día del ataque, el hijo de la víctima se fue a Río de Janeiro. El vuelo salió desde el aeroparque metropolitano Jorge Newbery a las 23.20 y aterrizó en Río de Janeiro a las 2.15 del 21 de junio del año pasado. No había sacado pasaje para regresar a la Argentina.
Cuando estaba en Brasil, entre los chats que intercambió con su madre, el imputado le envió una foto donde se lo ve en las calles de Río de Janeiro. En imagen se observa que tiene quemaduras en uno de sus brazos.
“Atendiendo a la gravedad de los hechos investigados, prima facie constitutivos del delito de homicidio agravado por el vínculo, previsto y reprimido por el artículo 80 inciso 1° del Código Penal y por el cual el imputado deberá responder en calidad de autor, así como también lo requerido por el representante del Ministerio Público Fiscal, todo vez que se ha determinado que el nombrado abandonó el país en la misma fecha en que tuvo lugar el suceso pesquisado con destino a Brasil, corresponde disponer su detención nacional e internacional, que se avizora además como la única medida prudente para asegurar de momento la sujeción del imputado al proceso", había sostenido el 24 de julio de 2025 el juez Martín Del Viso, que por ese momento subrogaba el Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional N°17.
Poco después de asumir la causa, la jueza Capanegra tomó una serie de medidas, como la prohibición de todo tipo de contacto de Grinstein con su madre y sus hermanas.
Pero, el miércoles pasado, a pedido de la madre del imputado, la magistrada levantó la prohibición de contacto respecto de la progenitora y también la apartó de su rol de querellante.
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